Si buscas otro consejo para ser la

“madre perfecta” no sigas leyendo

Son las 6 de la mañana y suena el despertador.

 

Te levantas temprano para dejarlo todo planificado y bien atado, como solo tú sabes hacer, antes de salir hacia la primera parara: dejar a tu hijo en clase.

 

Has preparado uno de los 2548 desayunos saludables que tenías guardados de la mama fit sin ojeras y sonrisa incansable de Instagram.

 

También te ha dado tiempo a plantear el almuerzo, con el temor acechando en tu cabeza por el berrinche que se viene, porque hoy cenáis brócoli, por supuesto hervido, que conserva más sus nutrientes.

 

Pero te "calmas" con la imagen que te viene a la cabeza de aquella familia chupi de redes que se come los tronquitos verdes sonriendo…, y te haces la paja mental de que eso es lo que va a pasar esta noche.

 

Mientras, tu cabeza sigue planificando como un encaje de bolillos para poder llegar a las extraescolares y, entre medías, comprar el regalo para el cumple al que han invitado a tu pequeño.

 

Te repites que todo va bien porque lo tienes "todo controlado".

Pero, por dentro, tu matraca te cuenta otra historia.

Ya va costando más mantenerte firme.

Cuando al fin le dejas en el cole, en el instituto o en ambos, vienen varias opciones:

 

1. Si trabajas fuera de casa, te colocas la careta de jefa empoderada, llegas con la lengua fuera, saltas de reunión en reunión y de correo en correo.

2. Si elegiste emprender, te pones la careta de emprendedora por la libertad, y te pones a hacer llamadas en búsqueda de posibles leads mientras pones a hervir el brócoli, recoges la casa y tiendes la lavadora.

 

3. Si apostaste por la crianza natural y te pediste excedencia, la tuya es la careta de "madre perfectamente respetuosa", pero, a medida que pasan los años, te miras perdida frente a la montaña de ropa sucia.

 

En cualquier caso, "siempre" resuelves problemas, imprevistos y "cumples" con todos tus compromisos.

 

O eso es lo que te dicen y tú intentas creértelo.

Porque mientras fuera parece que haces cada vez más cosas, tu vocecilla interior no se calla y sigue pidiendo que hagas más:

 

  • Menuda cagada de presentación…

  • Se te notaba insegura en la llamada...

  • No vales para otra cosa que para cuidar...

 

Llevas tanto tiempo así que has normalizado vivir con un pellizco en el pecho.

Con el cansancio crónico como compañero de viaje que vas achacando a la edad.

Con esa sensación constante de que nunca es suficiente y de que podrías haber hecho más.

 

Cuando por fin crees que el día ha terminado llega el berrinche que ya intuías desde bien temprano.

 

Aquí ya no puedes más pero tampoco te permites explotar porque las frases de todos los libros que has leído sobre educar libre de gritos para siempre y el montón de cursos sobre crianza respetuosa y positiva se amontonan en tu mente.

 

Y tu cabeza empieza a ser como una centrifugadora que cada vez da vueltas más deprisa:

que mala madre, mira que te avisaron, así es como se traumatiza a los hijos…

 

Es normal que pienses así.

Has leído demasiado sobre crianzas ideales que te dicen que tienes que dialogar siempre, que el azúcar es el demonio y que tienes que bajarte a la altura de tu peque para sostener todas sus emociones.

 

Y sí, todo esto es cierto pero también es irreal conseguirlo siempre.

Todo el tiempo.

 

Entonces llegan las dudas, el autosabotaje y el repaso mental interminable de todo lo que has hecho mal.

 

Aquí ya no hay tregua y tu cabeza es una olla a presión.

Has entrado en el tornado y ya no puedes salir de él.

¿Y quién lo paga?

 

Tu pareja.

Tus hijos.

Tú.

 

Entonces te abandonas a la botella de vino, a la bolsa de patatas o la cuba del helado.

Porque ya no puedes soportar más la frustración de que no te salgan las cosas que te prometen en redes sociales, los libros de modelos de crianza o las miles de etiquetas que llevas a tus espaldas.

Acto seguido, como una invitada gorrona, te visita la culpa.

Por la comida, por la ansiedad o por el grito "que no tenías que haber dado".

 

Pero el problema no está en la nevera, ni en la falta de tiempo o en que te falte fuerza de voluntad.

 

Tampoco necesitas más formaciones, ni otra dieta ni vídeos de mentalidad positiva en bucle.

Todo eso acaba, una vez más, apilado en tu trastero mental.

La raíz del problema no es tu falta de disciplina, que de eso te sobra, sino la forma en la que te hablas.

Las palabras te hunden o te salvan

Durante más de 20 años viví atrapada en ese jodido ciclo silencioso de la perfección.

Mi chicharra mental se pegó a mi vida como una garrapata que te chupa la sangre y te debilita poco a poco.

Empezó mucho antes de ser madre, pero empeoró nada más ver los dos palitos del predictor.

Desde entonces, un mensaje claro retumbó en mi cabeza y condicionó mi forma de educar: no quiero traumar a mis hijos.

Ahí empezó todo, mejor dicho, se sumó a lo que ya venía de lejos.

Un bucle de autoexigencia, culpa y control alimentado por los modelos de crianza purpurina y empoderamientos imposibles de encajar.

Ese bucle me llevó a enfermar de verdad con el cuerpo, con la comida y con la forma de tratarme.

 

Me llamo Carolina Herrera, soy licenciada en Comunicación y me he formado en prevención de la salud, inteligencia emocional y nutrición integral.

Después de trabajar la comunicación como prevención de la salud con más de 700 jóvenes, familias y educadores puedo asegurarte algo: la forma de hablar, primero contigo y luego con los demás, determina tu vida.

Pero pocas personas saben utilizarlo a su favor.

Porque una cosa es juntar palabras para hacer sonidos y otra muy distinta es hablar de forma coherente para conectar y vivir tranquila.

La buena noticia es que no necesitas hacer más formaciones, leer más libros de crianza ni apuntarte a otro reto gratuito.

Puedes bajar el volumen de esa voz que te machaca cada día y empezar a conectar de verdad, primero contigo, y luego con tus hijos.

Esta es la mejor forma que tienes para no traumarlos, mucho, porque todos tenemos tarillas emocionales.

Ahora te toca elegir

Tu voz interior no se va a callar nunca pero es posible bajarle la voz.

 

Puedes seguir tragándote todas esas palabras y darle a la botella cada vez que te visite la culpa.

O puedes empezar a entender de dónde viene esa vocecilla interior que te machaca a diario 24/7 los 365 días del año.

Para la primera no tengo solución pero, recuerda esto siempre, si le entras al trapo ella gana, siempre.

Para lo segundo no tengo promesas ni fórmulas mágicas.

Pero si un audio de 4 minutos y 46 segundos en el que te cuento dónde está la raíz de esa chicharra mental que no te deja vivir tranquila y que acaba afectando a los que más quieres.

 

Esto no es una formación, ni un discurso de gurú y, mucho menos, terapia.

Es mi experiencia vital, formativa, profesional y observacional.

Las palabras de una madre que también se perdió entre "modelos perfectos", las culpas heredadas y los miedos a hacerlo mal.

He juntado todo esto para que consigas darle al botón de pausa cuando tu metralleta mental vaya tan deprisa que quieras escapar y no puedas.

 

Si tu también estás hasta el moño de los mensajes cansinos sobre cómo ser la madre perfecta, la mujer perfecta y la trabajadora perfecta, déjame tu email y escucha el audio con calma.

 

 

 

P.D.1: En mis correos hablo sobre maternidad, mujeres sin etiquetas y la j0d**a chicharra mental. Sin dramas y con humor. Te borras, sin explicaciones, cuando te de la gana.

P.D.2: Comparte con esa mujer que tienes en la cabeza y que sabes que lo necesita.

P.D.3: No soy una gurú y, mucho menos, un ser iluminado. La sigo cagando a diario y no pasa nada.

Estoy hasta el moño de mi chicharra mental